LOVING VINCENT

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LA PINTURA, EL CINE DE ANIMACIÓN Y EL GENIO DE VAN GOGH  

Por Pablo Gozalves

Vincent van Gogh (1853-1890) escribió de sí mismo: “¿Quién soy yo en los ojos de los demás? Nadie, una no entidad, una persona desagradable. Alguien que no tiene y no tendrá ninguna posición en la sociedad. En resumen, lo más bajo de lo bajo. Bueno, incluso si esa fuera la absoluta verdad, un día me gustaría mostrar por mi trabajo lo que este nadie, esta no entidad, tiene en su corazón”.

El largometraje Loving Vincent, opera prima de la directora polaca Dorota Kobiela y co-dirigida por el británico Hugh Welchman, inicialmente estaba destinado a ser un cortometraje animado en el que la propia Dorota, graduada de la Academia de Bellas Artes de Varsovia, pintaría personalmente cada uno de los fotogramas del filme biográfico dedicado a Vincent van Gogh, proponiendo al público de esta forma dar vida a las pinturas del artista holandés y hacer un viaje cinematográfico desde la materia pictórica, desde el interior de los cuadros, con los personajes que pueblan dicha obra como protagonistas de la historia. Sin embargo, Welchman motivó a Kobiela para que la película se constituya en largometraje de animación, que resulta ser el primero pintado íntegramente al óleo sobre lienzo, por más de 100 pintores de caballete y la impresionante cifra de 65.000 cuadros pintados a mano sobre más de 1000 lienzos.

Tomó 4 años a la producción desarrollar la técnica utilizada para llevar la pintura al cine y se necesitaron realizar 12 cuadros por cada segundo en pantalla. Sin embargo, más allá del éxito mundial de la obra, de su reciente nominación en los premios Oscar y del impresionante avance técnico que aporta significativamente a la animación mediante rotoscopiado, hay que resaltar la sutileza y humanidad con la que la historia llama nuestra atención sobre el genio incomprendido y su muerte enigmática, pero principalmente por apostar por el reencuentro masivo del público con el arte pictórico en una de sus máximas expresiones.

Pasado el siglo XX, en el contexto actual del arte, la pintura —podríamos afirmar— renace como el ave fénix que levanta vuelo y planea un instante en el aire, ostentando la belleza de su plumaje rojo de fuego, azul claro, púrpura y oro, ante la mirada contemporánea atónita que la creía ver sucumbir entre las cenizas apenas hace un instante y que ahora lo ve lucir aún más majestuoso que el más paradisiaco pavo real. Y es que ni la historiografía del arte, ni la propia práctica artística imaginan o admiten lo mucho que le deben al oficio de la pintura. Por eso mismo renace continuamente para iluminarnos con un destello imposible.

Paul Claudel respondiéndose a la pregunta sobre qué es una composición en pintura escribió que: “una composición es siempre un conjunto, una estructura, pero desequilibrándose o desagregándose”. Esta huella primordial, paradójica en su definición, aproxima a la pintura con el cine porque en ambos campos de lo que se trata es de alumbrar con oficio un punto de caída que da lugar a la catástrofe, a aquello que desde su desequilibrio fundamental otorga un lugar nuevo al pensamiento. Es en esta misma perspectiva que Deleuze se responde a sí mismo a la pregunta: “¿De dónde viene la locura de Van Gogh, de las relaciones con su padre o de las relaciones con el color? No lo sé, pero en todo caso el color es más interesante.” Y ciertamente, en un párrafo de la carta 327 que es el detonante para la acción en el filme animado habla secretamente de ello, porque a pesar de que no se revela nada sobre el contenido de la misma en la cinta. Vincent, en ella refiriéndose a su padre escribe: “Quiero decir, incluso si tuviera ciertas dificultades bastante serias, e incluso si hubiera días sombríos en mi vida, no me gustaría y no consideraría correcto si alguien me cuenta entre los desafortunados”. Por eso mismo, es revelador que Vincent, sintiéndose rico (a pesar de su voto de pobreza) al depositar su fe en la pintura para procurar un refugio final, estrepitosamente caiga y se levante en la medida que entra en las profundidades de la composición formal de su obra.

El protagonista del film es Armand, un joven pendenciero, que recibe la misión de su padre Joseph Roulin, cartero y amigo incondicional de Vincent en su estadía en Arles, de entregar a Theo, como señal de respeto a la familia van Gogh una carta manuscrita por Vincent a su hermano, encontrada al vaciar el cuarto del pintor, para lo cual el muchacho Roulin debe viajar a París pese la negativa y desprecio que siente por el pintor de los girasoles en el jarrón, al que ve como un miserable ser humano, débil y loco. Lo que Joseph Roulin no sabe es que Theo, hermano menor del artista murió 6 meses después de enterrar a Vincent, lo que complicará la misión del joven obligándolo a viajar hasta Auvers en busca de un nuevo destinatario de la carta y de esta manera interiorizar e indagar en la vida y la muerte de van Gogh.

El vellocino de oro que tomará Armand entre sus manos al concretar su misión, la de entregar la carta de un muerto a otro muerto, descubrirá en su propio interior la compasión y el alto aprecio a la humanidad por parte del pintor; tal era el sentido del amor que plasmaba Vincent, para el cual ningún detalle de la vida, por muy pequeño que fuera, era insignificante, porque él amaba todo.

Hay un diálogo muy evocador en el que Marguerite Gachet pregunta a Armand, ambos retratados en distintos momentos por van Gogh: ¿Sabías que era un genio? Y él responde con una negativa silenciosa. Resulta curioso que la propia pintura no reconozca a su creador, aunque el lienzo respira ante nosotros. La idea de que el pintor, mientras pinta, aproxima algo a la vida es cautivadora, Lucian Freud, otro gigante del retrato, también creía eso y escribió sobre ello… Que la obra está concluida cuando ese sentimiento de estar dando vida en el lienzo se apaga y que tal es la fuerza de ese sentimiento que lo obliga a pintar otra tela cuando muere la ilusión de dar vida en el primero y repetir este acto, como Vincent, una y otra vez con júbilo hasta la locura. Seguramente en ese afán de dar vida, los cuadros que quedan atrás, en medio camino, apilados en el taller, supuestamente apagados en la propia emoción del pintor, pero sobrecargados de vida para el ojo atento del paseante que se detiene a observar la obra que lo mira y que lo interroga sobre esa misma cuestión.

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