ESCRIBIR SOBRE NUESTRO PROPIO CINE

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APUNTES CRÍTICOS PARA EL ABORDAJE DEL CINE ACTUAL EN BOLIVIA  

Por Pablo Gozalves

Las últimas producciones de cine realizadas en nuestro país han logrado algo que por varios años se había estancado en la indiferencia y que se mostraba para creadores y amantes del cine como un callejón sin salida: Nos referimos al entusiasmo mostrado por el público, que se refleja en salas llenas y una taquilla que devuelve la confianza de un escéptico público boliviano a sus realizadores. Este entusiasmo repentino por el cine nacional, mérito indiscutible de los realizadores más jóvenes, está mostrando facetas nuevas, una de ellas es la pasión creciente por escribir sobre nuestro propio cine apuntando a la crítica.

Esto último —escribir sobre nuestro propio cine— conlleva un compromiso muy grande que debe superar a la mera opinión que reduce frívolamente el contenido de un filme y se queda en las palmaditas en la espalda o protesta de quién sabe por qué razones.

Los escritores cinematográficos (guionistas-directores por un lado y críticos por otro) se dan la tarea de procurar que las ideas extraídas de una obra puedan hacerse carne en el público y vibren con sus emociones. Es cierto que creadores y críticos trabajan separados en tiempo y espacio, sin embargo, ambos en el afán de procurar alcanzar el sentido profundo de la obra muestran una de sus caras menos visibles para el común de la gente: La del cine como productor de pensamiento. Joseph Campbell decía que “los creadores de mitos de los tiempos remotos fueron el equivalente de nuestros artistas”. Con la notable particularidad de que en la actualidad muchos de nuestros “artistas” no han comprendido su privilegiado lugar chamánico (por decirlo a la manera de Campbell) dentro de su ambiente, tampoco la exigencia que implica el sacerdocio de “abrir los oídos al canto del universo”, o la responsabilidad subyacente en la convicción de contar una historia. En la esencia del trabajo artístico existe un componente civilizatorio capaz de orientar y cambiar el punto de perspectiva con el que se mueve la sociedad, por ello el acontecimiento que congrega a la comunidad en torno al fuego del arte revela un golpe visionario al statu quo que el espectador tratará de descifrar en lo sucesivo.

Gilles Deleuze piensa que el cine hace que se eleve en nosotros, en tanto espectadores, el “autómata espiritual” que viaja por el circuito que recorre la idea de la imagen en movimiento, no pudiendo escapar al choque que despierta en nosotros al pensador dormido. Inocentemente gran parte del público va al cine por distracción, va a descansar de su rutina, no va a pensar. Sin embargo, al igual que el protagonista de una película que no sabe que un suceso lo arrancará de su zona de confort para obligarlo a cambiar superando los obstáculos en su camino, el público también experimenta lo mismo, debe cambiar como resultado de enfrentarse al acto de pensar que propicia el arte y ver como este acontecimiento enriquece su mirada al volver a su cotidianidad.

Entonces, si por una parte, nuestros creadores exponen sus ideas difuminadas entre los personajes y el mundo que presenta la obra, nuestros críticos deben dar la talla para abordar lo que está en juego en el cine, “extraer las consecuencias para el pensamiento de dicha convicción de arte”, no debiendo esconderse en el absurdo lugar de jueces del buen gusto o de funcionarios al servicio de un supuesto cine de calidad, sino, bajar la guardia con humildad y no ponerse a la defensiva para, entonces,  poder dialogar con aquello que está oculto en la maquinaria artificiosa que propone el filme en la pantalla y que desde la ficción, desde aquella “mentira” encantada, procura alcanzar una verdad en el ámbito de las ideas. O preguntarse como lo hace Alain Badiou: ¿Qué nos revela de singular [un filme] y que no hubiéramos podido anteriormente saber, o pensar, sobre esa idea?

Es sabido que no todas las películas que se nos ofrecen en la cartelera de la semana aspiran a ser obras de arte y que todo lo dicho previamente no aplica a un gran porcentaje de producciones de tinte comercial. Sin embargo, hay clichés que debemos juzgar con cuidado sobre el aspecto comercial del cine. A diferencia de otras artes en las que el aspecto comercial aparece únicamente en su etapa final de difusión, en el cine el aspecto comercial aparece desde el inicio. Desde el primer germen de escritura, en el logline por dar un ejemplo, que consiste en desarrollar la historia en su complejidad conceptual y narrativa en una o dos frases para vender la historia antes de encarar la escritura del guión (en esta definición vender significa conseguir los fondos necesarios para la ejecución del proyecto). Esto se debe lógicamente a que realizar una película es altamente costoso, pero no exclusivamente en un sentido económico, porque al ser un producto de masas aspira a ser visto en el mundo y pasará por distintas etapas de desarrollo, producción, distribución y consumo. El cine debe sintetizar en una sola obra a todas las artes.

El alto costo de una producción cinematográfica lleva, en consecuencia, a algunas tipificaciones erróneas del sector, como la que se puede leer (entrelíneas) por parte de algunas autoridades públicas. El cine en su lectura quasi ideologizada es un arte pequeñoburgués —parecerían decirnos en voz baja pero llenos de prejuicios; “podemos construir una escuela con el costoso capricho de un director de cine”. Pero este tipo de tipificaciones se traducen en apoyo cero al cine nacional y menos aún a la renovada propuesta cinematográfica de los realizadores jóvenes, porque no comprenden que un país sin cine es un país más empobrecido, un país que no puede verse y hacerse una imagen de sí mismo. Un país incapaz de propiciar y celebrar el encuentro del público con sus artistas, del pueblo con las ideas.

Es un gran momento para el cine en Bolivia porque el público nacional empieza nuevamente a creer en su propio cine, esto es algo digno de resaltar y de la crítica honesta, no de aquella que dice cualquier cosa porque no entiende que el arte es una actividad del pensamiento donde la crítica “desdobla los sentidos”, “hace flotar un segundo lenguaje por encima del primer lenguaje de la obra” persiguiendo una coherencia como escribió Roland Barthes. Ahora que creadores y espectadores empiezan a desear estar nuevamente juntos, es tiempo de que las autoridades en su rol determinante asuman su lugar entre el arte y el público.

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